

CASALLENA
Toda iniciativa de exhibición y experimentación de espacios alternativos a los recintos oficiales (museos y espacios de galerías), en el ámbito de las artes visuales, merece, cuando menos, nuestra atención. Si además es ocasión de convivir con los amigos, lejos de toda ceremonia y solemnidad, el acto se convierte en una celebración distinta: los amigos se juntan y hacen fiesta.
Tal pensamiento me viene a la mente al visitar el departamento ubicado en la calle de Alfonso caso 119, con motivo de la presentación del proyecto CASALLENA, propuesta de exhibición colectiva por parte de artistas emergentes de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”. La cual hace uso de la noción de la casa como un lugar habitado por sus presencias, apenas gestos, revelados a partir de las diversas intervenciones en los espacios de la misma por parte de un grupo de huéspedes-artistas seleccionados a partir de la invitación de un anfitrión: “mi casa es pequeña, pero quieran los dioses esté siempre llena de amigos”, decía el viejo amigo Sócrates.
El alojamiento es de las presencias, acciones, gestos que se manifiestan en el espacio cúbico de una idea. La fiesta es de los sentidos: en el breve recorrido por el que andamos el olor del Te Tchai nos lleva de la mano, es el que nos recibe y nos transporta. Pieza a un tiempo de degustación y olfativa, resultado de la intromisión de aquel que, como buen mexicano, “se metió hasta la cocina”; es el sabor del guacamole con que nos regalan, que no es “obra”, pero por lo mismo es digna de mención y entusiasmo; son los objetos de casa encubiertos para que los descubramos a través del tacto, como fundas de almohadas finamente zurcidas para hacer soñar a las manos; son los berridos estrambóticos de una de sus estancias: los sueños guajiros del mexicano y sus fracasos. Religión y foot ball en el altar de la “Victoria” y la “Corona”. La portería se abre y el balón no entra, y saltamos, del sillón hacia la nada y caemos, y el que nos mira a través del televisor cae con nosotros. “Por lo demás, hermanos míos, HAGANSE FUERTES” (Efesios, VI, 10), reza la pagina abierta en el “libro” colocado sobre el altar de las derrotas. Y un apunte más de lo invisible vuelto tragedia: una modesta botella de cerveza yace rota en una esquina…
(Yace también la leche y el algodón de azúcar tirado en una esquina del balcón por un gato que no existe. En un espacio que no existe. Toda casa tiene rincones en donde pasan cosas que nunca pasan. Irrealidad del mundo manifiesta en sus visiones.)
Alguien nos observa, el cuarto-vitrina de esta instalación nos trae recuerdos de espanto. Y corremos. Corremos de un espanto a otro hasta vaciarnos. “Esta es la casa de los locos”, diría la Bishop.
Comer, Dormir, Soñar… ¡Y despertar! Sensualidad de los sentidos. En la casa también se coge, pero… entramos en el baño y el sonido del sexo nos recibe. Y vemos (voyeuristas como somos), al través de la cortina una “inocente” pareja de inflables cuelga del techo. Tiburoncito y pato feliz que se “acoplan” como anillo al dedo. Son los gemidos. Son el padre y el hijo. Son el espanto. La casa es el refugio por excelencia, es el nido que mana leche y miel, pero también es la fuente del dolor supremo. Sólo hay que ser niño y acordarse…
Cuelgan fantasmas, los del pasado y el presente, que es como colgar la ropa colgándose a uno mismo. Lo íntimo se hace público y de lo público la ropa sucia se lava en casa. Cuelgan banderas. Curiosa observación: la ropa interior se exhibe en el exterior, balconeándose; la ropa exterior cuelga en el pasillo interior del departamento. La gracia es de quien la trabaja.
Esta es la casa en su versión moderna: el depa, reunión de amigos, reunión de soledades. Es la trinchera del mezcal y la esperanza: las ventanas fueron cubiertas con una colección de plásticos multicolores, como si presintieran que este debía de ser un día de fiesta. Debajo, otro de los vidrios atestigua un hecho pasado: en una de las primeras reuniones de nuestros artistas éste se había roto accidentalmente como anunciando un presagio. El vidrio fue repuesto y filmado en su proceso: sobre su cuerpo se proyecta la realidad reconstruyéndose, caverna de sombras que se niegan y se afirman, como queriendo formar cuerpos. A toda rotura corresponde un parche y a todo lamento sobreviene un gozo.
Continuamos por el recorrido. No hay linealidad, sólo un juego continuo de invitaciones e intromisiones a todos los espacios. Sí, ahora es una intromisión la que nos lleva. Dispersas en cada rincón de la casa, entremetidas entre todas las demás piezas, sin dar tregua, unas frases (qué son pasillos que nos llevan…) redactadas sobre unas fichas, nos conducen. Recordatorios que se acumulan sobre las tareas diarias a realizar para mantener el orden de la casa, neurosis de nuestro tiempo. Y más aún: es el miedo al vacío de todo espacio físico y temporal de nuestra vida, mismo que tiene que compensarse llenándose. Es, en este caso, el all over de la pintura convertida en acciones que se traducen en frases que se traducen en pulsaciones psíquicas-recordatorios de cómo conservar el orden en la casa (yo soy mi casa) y no desplomarse en el intento. “Lavar los trastes”, “limpiar el baño”, “hacer la recamara”… toda mancha es de la mente y tiene que limpiarse.
La contraparte, ese medio caótico que nos salva del desastre, es el afortunado desorden que eventualmente y con más frecuencia de la que creemos, sobreviene y se manifiesta en la organicidad de nuestras recamaras. Tal es el caso de la intervención en el cuarto de nuestra huésped: a manera de un autorretrato clásico, la habitación externa en su disposición lo que ya de suyo llevamos todos de manera interna. Si además se hace con arte, como en el caso de esta pieza, el resultado es una profunda reflexión de los andamios interiores siempre dispuestos a materializarse. En cada acto, planeado o descuidado de nuestro ser, encuentra cuerpo el pase de la fortuna caos-orden en su constante ciclo por la supervivencia y la muerte. El ir y venir de cada día.
La recamara contigua es otro contrario. Juego de complementos. Sus paredes han sido tapizadas con las hojas sueltas del libro predilecto de su inquilina (es decir, la otra huésped), que no es artista pero si tiene una relación directa con las letras. De ahí el tino en la ejecución de la obra y el gozo que a todos nos transmite. Este libro-cuarto-intervención nos cuenta la historia de un hidalgo que se soñaba caballero para salvar al mundo. Con un poco de locura y arte, este recoveco en el mundo consigue transmitirnos un tanto de esta idea: “un, dos, tres, salvación por mí y por todos mis amigos”, debería leerse en cada gesto y escribirse en las paredes de toda conciencia humana.
Con todo, algo flota en el ambiente y no llega a saberse. El fuego es símbolo de la fiesta y se expresa en el corazón de toda muestra. En el caso de esta exhibición es un fuego cristalizado por si mismo y alumbrando pequeñas putrefacciones que son fuente de vida (come de la muerte y crece, vuélvete incendio y renace). Ya que la casa también se quema y arde en sus propias llamas. Arde la casa, arde, apenas un descuido y ya es tragedia. Con cuanta facilidad pasamos de la fiesta al llanto y de éste a la exaltación. CASALLENA es una idea-flama, idea-niño mirándose crecer, es la fiesta de los sentidos abriéndose por vez primera, capullo apenas en busca de apogeo. Maduración en creces. Los integrantes de éste grupo tienen en sus manos una buena idea en espera de una estatura que la defina y la defienda sin problemas del mundo “adulto”, ese del que hablaba de las galerías y recintos oficiales de exhibición, tiene con qué. Ellos deben ser conscientes de la flama que son y el incendio que pueden alcanzar. Hay que quemar la tierra quemándose a uno mismo.